
Isabela Uribe Giraldo
autora
Los libros, las historias y la escritura siempre estuvieron muy presentes en mi vida desde que era muy pequeña. Soy hija única, así que mi mayor compañía siempre fueron las historias que me inventaba alrededor de mis muñecos, peluches y de las que veía en la televisión una y otra vez, pues siempre he sido fan de repetirme las películas y series que amo más de dos veces. Aprendí a leer sola porque siempre me sentía atraída a los libros y, como nunca he sido paciente, no me aguantaba a esperar que en el colegio nos enseñaran paso a paso y con calma a leer. Ante esto, una profesora le dijo a mis papás que me metieran a un curso de lectura avanzada para que siguiera explotando y potencializando mi capacidad de leer e interpretar los libros. A este curso asistía todos los fines de semana, con la emoción de siempre leer un libro nuevo que me encontrara.
A pesar de que sabía desde muy temprano que las letras eran mi pasión, cuando tomé la decisión sobre cuál carrera estudiar me fui alejando poco a poco de lo que me hacía vibrar. Me dejé llevar tal vez por lo que decía mi familia o personas cercanas a mí, por la sociedad en general o por mi autoexigencia tan marcada desde temprana edad. Así que decidí estudiar comunicación social, un poco porque sabía que ahí podía seguir escribiendo y aprender a hacerlo mejor, y luego empecé a estudiar derecho al mismo tiempo. La decisión de esta segunda carrera fue muchísimo más influenciada por mis ganas de demostrar que podía estudiar algo “muy exigente” y ser muy buena en eso. Así que dejé por completo a un lado el mundo de las historias, la escritura y los libros de ficción que eran los que más me gustaban. Todo para sumergirme y consumirme en el mundo del derecho y demostrar así mi valor. Qué ciega y equivocada estaba, pues más adelante iba a aprender, estrellándome contra el mundo, que el valor humano no está en lo que hacemos sino en lo que somos.
Cursé las dos carreras con ansiedad, en especial la de derecho, hasta que me gradué de las dos y empecé a trabajar en una de las firmas de abogados más grandes e importantes de la región. Me convencí desde la universidad que este era mi sueño más grande y que cuando lo consiguiera iba a ser profundamente feliz. Pasó todo lo contrario; me estresé y enfermé como nunca, sentía un hueco en mi pecho que aún no logro describir con precisión, me sentía infeliz, vacía y sin propósito. Y una de las cosas más tristes de todas era que la mayoría de las personas con las que trabajaba odiaban lo que hacían, pero no eran capaces de renunciar. Trabajar en ese lugar da un prestigio, status y una seguridad económica que no lo dan muchos lugares.
Después de un tiempo en ese trabajo, decidí con muchísimo miedo que no me quería quedar eternamente estancada en un lugar que sabía que no me hacía feliz y en el que no estaba desarrollando mi pasión. Decidí que no me iba a quedar solo por el miedo a que la sociedad me juzgara o a perder la comodidad y certidumbre social y económica que me daba ese puesto. Al renunciar, duré muchos meses insistiendo en seguir trabajando como abogada, pero esta vez en un lugar que me permitiera tener un horario humano, con más tiempo para mí, mi familia, mis amigos y mi paz. Aún así, a cada trabajo que aplicaba como abogada solo pensaba “por favor, que no me llamen”. Me aburría tremendamente solo leyendo las funciones que debía desarrollar. Entonces me pregunté: ¿si no es como abogada, qué voy a hacer con mi vida? ¿Para qué estudié derecho?
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En aquel momento empecé un duelo, no solo para mí sino también para mis papás, en el que me despedía de una versión mía que juraba que iba a ser para el resto de mi vida y que me iba a llenar. Entendí, aunque me costó, que realmente no había estudiado derecho porque me gustaba en el fondo sino para demostrar algo que no tenía por qué demostrarle a nadie. Así que decidí buscar trabajos que no tuvieran nada que ver con el rol de abogada, pero sin tener presente que hace años había dormido mi verdadera pasión.
Conseguí otro trabajo, como asociada comercial en una empresa de información, el cual terminó siendo otro trabajo vacío. ¿Por qué? Porque estaba otra vez cayendo en el círculo vicioso de no hacer realmente lo que me apasionaba, sintiéndome vacía y frustrada. Así que después de unos meses renuncié, otra vez con mucho miedo a la incertidumbre. Pero fue a partir de esa renuncia que volví a coger un libro de ficción otra vez y me lo devoré. Mientras estudiaba derecho y trabajaba en la firma, siempre que intentaba leer un libro de ficción no era capaz de concentrarme ni en media página. Siempre lo terminaba dejando. Algo cero yo porque siempre que leía terminaba los libros en pocas sentadas. Así de agotada y triste estaba.
Hoy digo que le debo la vida a ese libro que cogí luego de renunciar a mi segundo trabajo, pues gracias a él volví a despertar mi pasión por las letras y a leer un libro tras otro. Me sentía tan feliz al volver a leer, incluso escribí una especie de poema dedicado al reencuentro de este amor perdido:
Volver a los libros fue volver al silencio. Fue apagar el ruido incesante de mis pensamientos y ansiedad. Volver a los libros me costó tanto como volver a un hábito perdido de muchos años. Fue volver a amar algo, cuya magia se había perdido. Volver a los libros fue volver a saborear algo que no tuvo sabor por mucho tiempo. Fue volver a disfrutar la emoción de terminar uno para poder empezar otro.
Y es que si me preguntan cuál es la clave para recuperar un amor perdido, como el mío por los libros, diré que es la ilusión de saber que sin importar cuántos libros se lean, hay miles de millones más esperando a ser encontrados en la librería. Solemos tener miedo de que lo bueno se acabe, que lo que sentimos por haber leído un libro que amamos no se vuelva a repetir nunca más. Con los libros no ocurre así. Siempre habrá otro, similar o mejor, por el que se sienta un tremendo aprecio y, así, sorprenda.
Los libros derrumban la premisa de que nada bueno dura para siempre. Sí, cada libro es único pero hay un universo infinito de esa unicidad. Libro que se acaba, junto con las emociones que trajo, libro nuevo que se puede empezar junto con las emociones que trae. El leer es un constante volver a emocionarse.
Así que volver a los libros, para mí, fue también recordar que lo bueno sí dura para siempre. Que mientras yo exista, siempre habrá un buen libro acompañándome y luego de ese otro, y otro y otro.
Volver a los libros tuvo múltiples significados, todos valiosos, los cuales no me hacen arrepentir de volver a un lugar feliz que nunca pensé que volvería.
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Luego de este reencuentro, empezaron a surgir cada vez más intensas mis ganas por volver a escribir. En la universidad escribí mucho, pero eran netamente textos periodísticos o jurídicos. Lo poco que había escrito de ficción en el colegio estaba enterrado en mis cajones. Sabía que quería escribir este género, pero la verdad es que me daba pavor que las personas me leyeran.
Ya sea por el destino, la vida, Dios, me enteré de un curso de producción editorial que organiza una editorial independiente de Bogotá todos los años, en el que enseñan a hacer un libro desde cero hasta llegar a las manos del lector. Al final del curso, publican el libro, hacen un lanzamiento y lo llevan a uno la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Sabía que si me metía a ese curso, me obligaría a escribir un libro y publicarlo. Aunque tuve mis momentos de duda, finalmente decidí arriesgarme.
En mi cuarto pegué un letrero de la escritora Amalia Andrade que dice: "Mis ganas son más grandes que mis miedos". Siempre volvía a él cada vez que me atormentaban las dudas e inseguridades de lo que estaba emprendiendo. Hoy, todavía lo hago.
Empecé el curso y, con él, el proceso de escribir mi primer libro, editarlo y diagramarlo. Este proceso duró siete meses, culminando con el nacimiento de "El recuerdo del mar me salvó", mi primer libro publicado de ficción. Este libro, aunque es un cuento corto de ficción, retrata la historia que cuento aquí.
Así como con este libro quise conectar con muchos corazones, también quiero hacerlo con todos los que escriba en adelante. Con este primer libro aprendí que vale la pena luchar por lo que a uno le apasiona y hace vibrar, a pesar de los prejuicios y obstáculos que existan en el camino. Este libro me mostró que vale la vida ser fiel a uno mismo y a la esencia propia. Este libro me motivó e impulsó a seguir escribiendo y cumpliendo este sueño.
Esto es solo el inicio ♡